La teoría de conspiración acerca del llamado Nuevo Orden Mundial afirma la existencia de un plan diseñado con el fin de instaurar un gobierno único, colectivista, burocrático y controlado por sectores elitistas y plutocráticos, a nivel mundial.

La expresión Nuevo Orden Mundial se ha usado para referirse a un nuevo período de la historia y se pretende, de este modo, que hay pruebas de cambios drásticos en las ideologías políticas y en el equilibrio de poderes.

El primer uso de esta expresión aparece en el documento de los Catorce Puntos del presidente de Estados Unidos Woodrow Wilson, que hace una llamada, después de la Primera Guerra Mundial, para la creación de la Sociedad de las Naciones, antecesora de la Organización de las Naciones Unidas.

La frase se usó con cierta reserva al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando se describían los planes para la creación de las Naciones Unidas y los Acuerdos de Bretton Woods debido a la asociación negativa resultante del fracaso de la Sociedad de Naciones.

El uso más amplio y reciente de esta expresión se origina sobre todo con el final de la Guerra Fría.

Los presidentes Mijaíl Gorbachov y George H. W. Bush usaron el término para tratar de definir la naturaleza de la posguerra fría y el espíritu de cooperación que se buscaba materializar entre las grandes potencias.

En una referencia a las hostilidades en Irak y Kuwait, la revista Time del 28 de enero de 1991 expresó: «Mientras caían las bombas y se disparaban los misiles, las esperanzas de un nuevo orden mundial cedieron lugar al desorden común».

Añadió: «Nadie debe forjarse ilusiones pensando que el nuevo orden mundial, del que tanto alarde se hace, se ha establecido o está cerca».

En un informe en la revista The World and I de enero de 1991, un grupo de peritos examinaron «las políticas exteriores que van surgiendo entre las superpotencias y el efecto que probablemente tengan en el nuevo orden mundial».

El editor llegó a esta conclusión: «La historia nos lleva a pensar que en el mejor de los tiempos se puede pasar muy fácilmente de la paz a la guerra.

La cooperación internacional, entre las potencias principales, es crucial para una transición de éxito de la Guerra Fría a un nuevo orden mundial».

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El lema “Novus Ordo Seclorum” (“Nuevo Orden de los Siglos”) aparece también el reverso del Gran Sello de los Estados Unidos, e igualmente se encuentra en el reverso de los billetes de dólar estadounidenses.

Historia

Los illuminati, una sociedad secreta fundada en 1776 con el fin de promover ideas de la Ilustración, estuvieron aparentemente involucrados en una conspiración que buscaba reemplazar las monarquías absolutas y la preponderancia de la Iglesia por el «gobierno de la razón», que era el objetivo general de la ideología liberal, revolucionaria e igualitaria dominante entre la intelectualidad de la época.

Después de que el complot se descubrió, el grupo fue prohibido por el gobierno bávaro (1784) y aparentemente se disolvió en 1785.

Sin embargo, los documentos relacionados con la conspiración se publicaron, y se alertó así a la nobleza y al clero de Europa, lo que le dio a la conspiración una gran publicidad y llevó a algunos pensadores a sugerir que todavía existía y que su objetivo era derrocar a los gobiernos europeos.

Por ejemplo, Edmund Burke (1790) le da alguna credibilidad, aunque sin mencionar específicamente cuál sería el grupo responsable, y Seth Payson afirma en 1802 que los illuminati todavía existen.

Por consiguiente, algunos autores; por ejemplo Augustin Barruel y John Robison, llegaron incluso a sugerir que los Illuminati estaban detrás de la Revolución Francesa, sugerencia que Jean-Joseph Mounier rechaza en su libro de 1801 On the Influence Attributed to Philosophers, Free-Masons, and to the Illuminati on the Revolution of France, «Sobre la influencia atribuida a filósofos, francmasones e Illuminati respecto a la Revolución Francesa», aún no traducido al español.

Posteriormente, en 1903 el servicio secreto ruso de la época publicó el famoso panfleto Los protocolos de los sabios de Sion como una obra de propaganda antirrevolucionaria que incorporó casi textualmente argumentos encontrados en el Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu, un ataque, en 1864, del legitimista militante Maurice Joly contra Napoleón III.

La tesis central de Los Protocolos es que, si se remueven las capas sucesivas que cubren u ocultan las causas de los diversos problemas que afectan el mundo, se encuentra un grupo central que los promueve y organiza con el fin, primero, de destruir los gobiernos y órdenes sociales establecidos, y con el fin último de lograr el dominio.

Ese contubernio central es un grupo de judíos, que, según se afirma, controla tanto los sectores financieros como diferentes fuerzas sociales que, a su vez, son los que, desde este punto de vista, provocan desorden y conflicto social: los masones, los comunistas y los anarquistas, entre otros.

Nora Levin indica que los Protocolos gozaron de gran popularidad y grandes ventas en los años veinte y treinta.

Se tradujeron a todos los idiomas de Europa y se vendían ampliamente en los países árabes, en los Estados Unidos e Inglaterra.

Pero fue en Alemania, después de la Primera Guerra Mundial, donde tuvieron su mayor éxito.

Allí se utilizaron para explicar todos los desastres que ocurrieron en el país: el armisticio en la guerra, el hambre, la inflación, etc.

A partir de agosto de 1921, Hitler comenzó a incorporarlos en sus discursos, y se convirtieron en lectura obligatoria en las aulas alemanas después de que los nacionalsocialistas llegaron al poder.

En el apogeo de la Segunda Guerra Mundial, Joseph Goebbels (ministro de propaganda nazi) proclamó: «Los protocolos de los sionistas son tan actuales hoy como lo fueron el día en que fueron publicados por primera vez».

En palabras de Norman Cohn, esto sirvió a los nazis como «autorización del genocidio».

Posteriormente, en los Estados Unidos, durante el periodo del Peligro Rojo, teóricos estadounidenses de la conspiración, tanto fundamentalistas cristianos como seculares anti-gobierno central, fueron abrazando y promoviendo cada vez más una percepción de la masonería, del liberalismo y de la «conspiración judeo-marxista» como la fuerza directriz de la ideología del «ateísmo estatal», «colectivismo burocrático» y «comunismo internacional».

En EE.UU. esos términos generalmente se emplean por esos sectores para referirse a, respectivamente, la Separación Iglesia-Estado; acción gubernamental en asuntos de seguridad social y organismos internacionales, tales como las Naciones Unidas).

Así, por ejemplo, empezando en los 1960, grupos como la John Birch Society y el Liberty Lobby dedicaron muchos de sus ataques a las Naciones Unidas como vehículo para crear «Un Gobierno Mundial», promoviendo una posición de desconfianza y aislacionismo en relación a ese organismo.

Adicionalmente, Mary M. Davison, en su The Profound Revolution de 1966 trazó el origen de la supuesta conspiración del Nuevo Orden Mundial a la creación del Sistema de Reserva Federal en E.E.U.U por un «grupo de banqueros internacionales» que posteriormente habrían creado el Consejo de Relaciones Exteriores (CFR) en ese país como «gobierno en las sombras».

Cabe considerar que en aquellas fechas la frase «grupo de banqueros internacionales» se entendía como referencia a personas tales como David Rockefeller o a la familia Rothschild.

Posteriormente, y a partir de la década de 1970, Gary Allen sostiene que el término Nuevo Orden Mundial es utilizado por una élite internacional secreta dedicada a la destrucción de todos los gobiernos independientes.

Con ese autor el mayor peligro deja de ser la conspiración cripto-comunista y se transforma en la élite globalista que algunos identifican con el atlantismo del Grupo Bilderberg.

Muchos de los mismos personajes, como Rockefeller, todavía ocupan un papel central pero no ya como cripto-comunista sino como parte de un grupo plutocrático y elitista, grupo que controlaría tanto los gobiernos y sus instituciones; especialmente las policías secretas, como organismos internacionales.

Un papel importante en la generalización de esa percepción fue desempeñado por la trilogía satírica «The Illuminatus», de Robert Anton Wilson que, a pesar de ser una parodia de la paranoia de sectores norteamericanos acerca de las conspiraciones secretas y de que el propio autor ha dicho en más de una ocasión que no pretende que sea tomada en serio, llegó a tener influencia, probablemente debido a que Wilson busca crear en el lector una fuerte duda acerca de lo que es real y lo que no lo es, elaborando curiosas teorías a partir de una mezcla de hechos históricos con hechos fantásticos, citando autores imaginarios, pero creíbles, con autores reales ya tanto obscuros como conocidos, pero a veces sutilmente fuera de contexto. Por ejemplo, citas de Isaac Newton acerca de la alquimia y la orden de la Rosacruz que necesitan cuidadosa examinacion para determinar si son correctas y relevantes.

Esta “popularidad” de la teoría se acrecentó cuando, en 1990, poco después de la caída del Telón de Acero, el entonces presidente de los Estados Unidos, George H. W. Bush, hizo varias referencias al Nuevo Orden Mundial.

A pesar de que esas referencias fueron percibidas a nivel internacional como para establecer, en el contexto político de la fecha, los objetivos de la diplomacia de ese país, la llamada propuesta de la Pax Americana, muchos las entendieron como una validación de la teoría de la conspiración del Nuevo Orden Mundial.

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Especulaciones Acerca de los Dirigentes de la Conspiración

Para muchos, los conspiradores son simplemente «ellos», un grupo amorfo que incluye a todos y a todo individuo u organismo percibido como poderoso.

Así, los participantes en la conspiración podrían incluir, aparte de los ya mencionados: capitalistas, comunistas, los judíos, illuminati, la nobleza, los banqueros, los magnates, los plutócratas, a grupos tales como los masones, grupos infiltrados en la Iglesia católica,1718 los políticos los gobiernos, la cosa nostra, Fuerzas Armadas, entre otros, lo que se extendería incluso a los medios de comunicación, la Casa Blanca, los ecologistas, las Naciones Unidas e incluso, de comprobarse su existencia, los extraterrestres.

Se afirma también que muchas familias prominentes tales como, por ejemplo, los Rothschild, los Rockefeller, los Morgan, los Kissinger y los DuPont, lo mismo que algunos monarcas europeos, podrían ser importantes miembros, ya que mantienen relaciones entre sí como con figuras de alto poder.

Organizaciones internacionales tales como los bancos centrales o el Banco Mundial, el FMI, la Unión Europea y la OTAN son mencionadas como componentes esenciales del NOM.

Por ejemplo, Émile Flourens, ministro de asuntos exteriores de Francia, denunció en un libro las premisas de la creación de la Sociedad de Naciones, antecesora de las Naciones Unidas, señalando las influencias masónicas para crear un gobierno mundial.

Gary H. Kah considera que los masones son la fuerza que se halla detrás del plan de un gobierno mundial único, el Nuevo Orden Mundial.

Igualmente, los presidentes y primeros ministros de naciones son incluidos en la conspiración.

Y, sin argumentos más claros, también los socialistas o marxistas, Por ejemplo, William F. Jasper, miembro de la John Birch Society, denunció la supuesta pertenencia socialista o marxista de todos los secretarios generales de las Naciones Unidas, membresía que se toma como la participación de una futura dictadura mundial, una teoría parecida a las de John Coleman.

Consecuentemente, los partidarios de esta teoría sugieren que ellos pueden afirmar hasta cierto punto quién forma parte de este grupo. Nadie puede determinar quién “no es” parte del NOM (Nuevo Orden Mundial).

Igualmente confusas o extensas son las especulaciones acerca de quienes serían los dirigentes de la supuesta conspiración.

Según muchos de los proponentes de la teoría de la conspiración contemporánea, los Illuminati originales siguen existiendo y persiguen aún el cumplimiento de ese nuevo orden.

Este grupo aglutinaría a los personajes más influyentes del mundo, los cuales se reúnen cada año en alto secreto en las reuniones del Grupo Bilderberg, guardados en todo momento por miembros de la CIA y el FBI (los Estados Unidos), el MI6 británico o la KGB, entre otros.

Entre sus asistentes habituales se encuentran, de nuevo, David Rockefeller y «la familia Rotschild», junto a la Reina de Noruega y los presidentes de corporaciones como General Motors, Pepsi o Chrysler.

Otros grupos que, con alguna popularidad en los Estados Unidos en la actualidad, son percibidos como «líderes» en estos asuntos, se encuentran: «los sionistas», «el gobierno», los extraterrestres, los grupos plutocráticos, el grupo Bilderberg, y, particularmente entre sectores religiosos protestantes, los católicos.

Esta última sugerencia ganó una renovada popularidad entre esos sectores, cuando el conocido telepredicador protestante Pat Robertson afirmó, en su difundido libro New World Order (1991), que tanto Wall Street como el Sistema de Reserva Federal, el Council on Foreign Relations, el Grupo Bilderberg y la Comisión Trilateral organizan la conspiración a fin de ayudar al Anticristo.

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¿Surgirá un “Nuevo Orden Mundial” tras el COVID-19?

El coronavirus es el mayor reto desde la Segunda Guerra Mundial, según la ONU, y las acciones para combatirlo “conducirían a la peor recesión desde 1929”.

Una pregunta hoy entre millones de personas en Estados Unidos y en muchos rincones del planeta es si habrá un “Nuevo Orden Mundial”, tras los estragos de la pandemia del SARS-COVID-2 o COVID-19.

A pesar de las relaciones adornadas, diplomáticas y aparentemente estables entre Rusia, China y EEUU, la realidad es ineludible: Ni Rusia ni China son aliados de Washington.

Detrás de los “románticos” vínculos en la era moderna, subsiste un pasado imborrable e inevitable que se impone muchas veces a los designios de buena voluntad y a los grandes intereses económicos comunes de estas tres potencias.

En una entrevista con la cadena Fox News, el presidente Donald Trump volvió a cuestionar el 14 de mayo la gestión de China sobre el virus y dijo: “Hay muchas cosas que podríamos hacer. “Podríamos romper toda relación con China”.

El Presidente incluso apunta que esta ruptura supondría “un ahorro de 500.000 millones de dólares”.

La Unión Europea por su parte, con Alemania al frente, intenta mantener una barrera de contención económica contra Norteamérica bajo tendencias políticas diversas que “vigilan” y se “distancian” de determinadas acciones estadounidenses.

Alemania firmó en septiembre del 2019 más de 10 acuerdos con el gobierno de Xi Jinping, mientras que en el 2018 rubricó convenios por 20,000 millones de dólares.

El coronavirus es el mayor reto para el mundo desde la Segunda Guerra Mundial, según la Organización de Naciones Unidas (ONU).

Y las medidas para combatirlo “conducirían a la peor recesión económica desde la Gran Depresión en 1929”, anticipó por su lado el Fondo Monetario Internacional (FMI).

La ONU vaticina que la producción económica mundial caerá en casi 8,5 billones de dólares, anulando casi todos los avances logrados en los últimos cuatro años.

La contracción se elevaría a un 3.2%, pero podría ser mayor si tarda el final de la propagación del virus y sus estragos.

Estados Unidos junto a Gran Bretaña, España e Italia son los países más afectados por la pandemia en las estadísticas oficiales a nivel internacional y sus economías no han escapado al fuerte impacto.

La primera potencia económica muestra ahora cifras sólo comparadas con la Gran Depresión que comenzó en octubre de 1929, una contracción de la producción industrial que llegaría al 15% y un desempleo de 36 millones de personas (más del 14.8%), con pronósticos que no descartan un ascenso al 20%, según ha indicado el secretario del Tesoro, Steve Mnunchin.

Las alarmas

“La economía en EEUU está bajo alerta de deflación para los productores y los consumidores ahora que la demanda económica cae rápidamente”, dijo Chris Rupkey, jefe financiero del MUFG Bank en Nueva York. “La inflación no va a volver a esta economía por mucho tiempo”.

Por primera vez China sobrepasó en el 2019 a Estados Unidos en el ranking Global Fortune 500, una lista que desde hace tres décadas selecciona a las empresas más grandes del mundo según sus ingresos.

Cuando la epidemia de SARS en el 2003, China constituía el 4% de la producción global.

Ahora constituye el 16%, cuatro veces más, lo cual significa que lo que ocurra en ese país afecta hoy mucho más al mundo.

En el ranking aparecen 121 firmas estadounidenses y 129 empresas chinas, incluyendo 10 compañías de Taiwán.

Uno de los argumentos de Fortune es que el comercio cumple un rol cada vez más influyente en los asuntos internacionales.

Para algunos analistas como Ian Goldin, profesor de globalización y desarrollo en la Universidad de Oxford, el presidente Donald Trump ha transformado la estrategia de líder global que adquirió EEUU después de la Segunda Guerra Mundial. A Goldin le preocupa “quién ocupará el espacio cedido por Washington” y luego afirma que “China no puede asumirlo y el Reino Unido tampoco podría liderar en Europa”.

El brote del virus surgió en el centro de una guerra comercial de más de un año entre los dos mayores motores del planeta, en la que China se vio obligada a ceder parte de sus reclamos y firmar un acuerdo con la Casa Blanca a mediados de enero del 2020.

Uno de los compromisos de China en el pacto fue que compraría 200,000 millones de dólares adicionales en bienes estadounidenses en los próximos dos años.

Pero la alarma sobre el SARS-COV-2, no saltó por ninguna parte.

Se incrementa la tensión

Washington junto a otras naciones señala que China ocultó información sobre el virus y manipuló su real magnitud.

Un informe del Servicio Federal de Inteligencia Alemán afirmó que el presidente chino, Xi Jinping, pidió al Director General de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom, que “retrasara una advertencia global” sobre la amenaza de COVID-19.

Según el reporte, publicado en el diario alemán “Der Spiegel”, “el 21 de enero, Jinping pidió al jefe de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, que retuviera la información sobre la transmisión entre humanos y que retrasara la advertencia de una pandemia”.

“La Organización Mundial de la Salud ha sido un desastre, todo lo que dijeron estaba mal y están centrados en China”, declaró Trump, quien aseguró tener suficiente evidencia para probar que el régimen chino engañó a la comunidad mundial.

El secretario de Estado, Mike Pompeo, ha reiterado en varias ocasiones esa hipótesis.

El 11 de mayo, el Buró Federal de Investigaciones (FBI) y el Departamento de Seguridad Nacional de EEUU acusaron a China de intentar “hackear” los informes sobre el desarrollo de una vacuna y un posible tratamiento para enfrentar el coronavirus. Acusación que –por supuesto- desmintió el régimen chino.

Según fuentes del FBI, el gigante asiático estaría utilizando a sus espías y “hackers” más experimentados para robar los datos recabados por EEUU sobre el desarrollo de una vacuna.

La pandemia ha puesto en evidencia el peligro del comercio y los vínculos económicos con un país, cuya propia Constitución expone que “la tarea fundamental de nuestra nación consiste en concentrar su fuerza en la modernización socialista.

Bajo la dirección del Partido Comunista de China y orientándose por el marxismo-leninismo y el pensamiento de Mao Zedong, el pueblo chino de las diversas nacionalidades seguirá perseverando en la dictadura democrática popular y en el camino socialista”.

Las actuales diferencias

Entre las pocas ventajas con las que cuentan los países para enfrentar la pandemia está que ahora el mundo no se enfrenta a una guerra donde las bombas han destruido sus infraestructuras, solo las ha detenido y reanudarán sus funciones desde la reapertura económica, como ya sucede en varios países de Europa, Asia y en Estados Unidos.

Otro factor a favor es que a pesar de las cientos de miles de muertes en el mundo, las cifras nunca llegarían al nivel de los fallecimientos causados por la Gripe Española entre 1918 y 1920, que se estiman entre 25 y 50 millones de personas.

Científicos y epidemiólogos alertan de una segunda e inevitable ola de contagios del COVID-19 en la mayoría de los países que –supuestamente- vencieron lo peor de la enfermedad.

Así ocurre ahora en Corea del Sur y China, pero de cualquier forma las cifras estarían muy por debajo de pandemias altamente contagiosas y mortales en la historia de la humanidad.

Como sucedió tras la recesión financiera del 2008, podrían crecer la polarización política y la furia popular contra los gobiernos en varios países, un fenómeno que favoreció la llegada de Trump al poder e impulsó la salida del Reino Unido de la Unión Europea.

¿Habrá un “Nuevo Orden Mundial” tras la pandemia?

La respuesta de algunos analistas es que NO.

Solo habrá una agudización de los conflictos y problemas que se desarrollaban en todo el planeta antes de propagarse el virus.

Así lo considera Richard Haass en un artículo a finales de abril de este año titulado “The Pandemic Will Accelerate History Rather Than Reshape It” (Más que remodelarla, la pandemia acelerará la historia).

Haass, ex diplomático, autor de 14 libros y presidente del Council of Foreign Relations (Consejo de Relaciones Internacionales), uno de los centros de estudio más importantes en EEUU, manifiesta que “todos estaremos concentrados en lo que ocurre dentro de nuestras propias fronteras.

Es una peligrosa combinación cuando los temas globales son cada vez más importantes”.

Consecuencias de la dependencia

La globalización económica ha mermado la autonomía de la mayoría de los países.

La dependencia de insumos, recursos, tecnología y la búsqueda desenfrenada de mayor rentabilidad diversificaron el proceso productivo en la mayor parte de las economías del orbe.

Los países en desarrollo experimentan desde hace décadas las consecuencias negativas de este fenómeno, que se ha extendido en los últimos años con más fuerza entre las potencias del mundo.

“Esta pandemia ha reafirmado la importancia de que la cadena de suministros de Estados Unidos esté en casa.

No podemos depender de otras naciones, lo vengo diciendo desde hace tiempo (…) Tenemos el mejor país del mundo, debemos empezar a regresar nuestra cadena de suministros”.

Lo mismo creen diversos mandatarios.

El secretario británico de Relaciones Exteriores Dominic Raab dijo que “después del SARS-COV-2 los negocios con China no deberían seguir como siempre”, al tiempo que el líder francés, Emmanuel Macron, estimó que sobre la pandemia había “claramente cosas que han sucedido y que no sabemos”.

La acción más directa contra China hasta ahora pertenece al primer ministro japonés, Shinzo Abe, quien puso a disposición de las empresas niponas en China 2,000 millones de dólares para costear la repatriación de los negocios a Japón y 200 millones adicionales por si decidían radicarse en otro país.

Y esto, por supuesto, sienta un precedente y una posible alianza con Estados Unidos y la India, un país que desde hace años puja por arrebatarle al gigante asiático su privilegio en inversiones estadounidenses y que ha demostrado fidelidad a la primera potencia, a pesar de algunas discrepancias.

India y Arabia Saudita

India y Arabia Saudita cada vez más se aproximan a convertirse en opción primordial para una salida estadounidense a la dependencia de China.

Lo avala la reciente visita del presidente Trump a India a finales de febrero de este año, donde fue ovacionado por una multitud de 100,000 personas en el estadio Motera de Ahmedabad, junto al primer ministro Narendra Modi.

Ambos revelaron un optimismo eufórico, por encima de diplomacias, acerca de una asociación creciente y una mayor cooperación.

“El ascenso de la India como nación próspera e independiente es un ejemplo para todas las naciones del mundo y uno de los logros más destacados de nuestro siglo”, dijo Trump.

“Es aún más inspirador porque lo ha hecho siendo un país democrático. Lo ha hecho siendo un país pacífico. Lo ha hecho siendo un país tolerante”.

Por su parte, Modi expresó que la visita de Trump “trae una nueva cercanía a la relación binacional” y expuso que “ya no es una simple asociación más, es una relación mucho más grande y estrecha”.

Durante la visita de dos días, EEUU concretó un acuerdo para la venta de equipamiento militar a ese país por casi 3.000 millones de dólares.

Pero ya a mediados de enero de este año, el secretario del Ejército estadounidense, Ryan McCarthy, había anunciado que la presencia de militar estadounidense en la región “fortalece la posición de EEUU para llevar a cabo el comercio mundial, generar confianza en los inversionistas y competir económicamente”.

A finales de octubre del 2017, el entonces Secretario de Estado Rex Tillerson dijo que “la fuerte y creciente relación entre Estados Unidos y la India son la clave de la paz y la prosperidad en toda la región”.

Más de 600 empresas estadounidenses que operan en la India han contribuido a incrementar la cifra récord de comercio bilateral EEUU-India de 115.000 millones de dólares, al tiempo que esta nación recibe anualmente la visita de casi 1.5 de millones de estadounidenses.

Al ser la India uno de los mercados digitales de crecimiento más acelerado, donde se prevé que el número de usuarios de internet crezca a 907 millones para el 2023, Facebook invertirá 5.700 millones de dólares en la compañía india de telecomunicaciones Reliance Jio.

Salida de China

A pesar de que la línea actual de la Casa Blanca está basada en “Make America Great Again” (Hacer a América grande otra vez) y que los analistas le han restado valor a EEUU en su liderazgo mundial, el presidente Trump no ha abandonado los asuntos exteriores ni las amenazas de los enemigos.

Sí insiste en una dependencia cada vez menor de las importaciones, reducir el déficit presupuestario, potenciar las producciones nacionales y aumentar las exportaciones de productos estadounidenses.

El éxodo de China ya comenzó. La Casa Blanca estudia un plan de repatriación de sus empresas radicadas en territorio chino; muchas ya han decidido irse por la crisis mundial.

Según la Consultora Kearney, desde principios del 2019 la guerra de aranceles que enarboló Trump comenzó a cambiar la tendencia comercial en buena parte del planeta, y más compañías estadounidenses comparten la idea de abandonar el régimen asiático.

Este fenómeno se mide con el Business Reshoring Index (índice de repatriación de empresas) que en el 2019 estuvo en su punto máximo histórico y rompió con una tendencia de 5 años.

La política actual de Washington detuvo el camino de Estados Unidos hacia terciarizar casi su producción al país comunista.

Con la crisis del coronavirus, Kearney indica que las empresas estadounidenses se inclinarán por el regreso a Norteamérica, por lo que el índice seguirá en ascenso.

Sin embargo, ese proceso tardaría años.

Mientras, la correlación de fuerzas a nivel internacional continuaría debido, entre otros factores, a la interdependencia actual de las economías.

Las inversiones directas de EEUU en China entre 1990 y el 2019 ascienden a cerca de 276,000 millones de dólares, según un informe publicado por The Wall Street Journal. Y la del régimen chino hacia Washington – en el mismo período- de 148,000 millones.

En su afán de reforzar la seguridad nacional, la política de la Casa Blanca ha comenzado a aplicarse también en naciones con gobiernos cuyos líderes son afines con la llamada “Revolución Cultural” o el socialismo del siglo XXI, encubierto dentro de democracias y sistemas capitalistas, como ocurre ahora en España.

Un ejemplo reciente son los casi 6.000 millones de euros que Washington otorgó en contrato al grupo italiano Fincantieri, que adquirió hace 11 años un astillero en la costa del Lago Michigan, en Winsconsin, para fabricar una decena de fragatas para la Armada estadounidense.

Por ese contrato pujaba el Astillero Público Militar Español Navantia, en alianza con la división de astilleros militares General Dynamics.

“La Guerra Blanca”

En silencio y con mucha discreción, EEUU, Rusia y China se enfrentan a una “Guerra Blanca”, una disputa por la llamada “Ruta Marítima del Norte” en el Ártico, creada por el deshielo y que conllevaría a un trascendental cambio en el comercio mundial.

En el 2008, el instituto geológico de EEUU calculó que 90.000 millones de barriles de petróleo y grandes reservas de gas natural se encuentran bajo el Ártico, lo que supone un 13% y un 30%, respectivamente, de las reservas de estos recursos naturales en el planeta. Desde entonces, el interés en la región se disparó.

El Pentágono se ha gastado más de 700 millones de dólares en un rompehielos superpotente que será terminado en el 2024 para contrarrestar la flota rusa de 40 rompehielos en el Ártico, que conecta a Europa y Asia por el sombrero del mundo.

Este Canal, hasta hace unos años intransitable, permite viajar de Yokohama (Japón) a Róterdam (Holanda meridional) en 13 días menos del recorrido actual a través del Canal de Suez.

Siete países reclaman la soberanía de 7.5 millones de kilómetros cuadrados entre ellos Noruega, Canadá, Dinamarca, Rusia, EEUU y China, que sin estar en el Ártico, también desea lo que ellos denominan “La Ruta de la Seda Polar”.

El deshielo ha facilitado nuevas rutas navegables, sobre todo la llamada “Ruta Marítima del Norte”, una vía de acceso abierta entre los meses de Julio y Noviembre.

En los últimos seis años China ha invertido más de 100,000 millones de dólares para diversificar sus fuentes energéticas y vías comerciales en el Ártico y se ha unido a la carrera armamentista de construir varios rompehielos.

La llegada a la zona de China viene respaldada por su alianza militar con Rusia, lo que activó las alarmas en Washington, según el diario digital español El Confidencial.

A la Unión Europea (UE) también le preocupa lo que ocurre en el Ártico, donde tiene acceso por Dinamarca, Suecia o Finlandia.

La UE ha creado una embajada conjunta para reforzar su posición.

La embajadora de la UE para el Ártico es Marie Anne Coninsx, quien afirma que “al incrementarse la actividad en la zona, también aumenta la rivalidad y los conflictos”.

Rusia, por su parte, contaría para el 2035 con 13 rompehielos pesados, nueve de ellos impulsados por reactores nucleares.

Los rusos han construido puertos de abastecimientos, centros de salvamento y decenas de bases militares en los últimos años para tener el control estratégico de la Ruta del Ártico.

El gobierno de Vladimir Putin prevé cuadruplicar para el 2025 el uso de esas vías marítimas para el traslado de hasta 80 millones de toneladas de recursos energéticos, según Rosatom, la empresa estatal rusa encargada del transporte.

La peligrosa alianza militar entre Rusia y China ha obligado a Washington a reestructurar sus obligaciones globales y dedicar más dinero a su fortalecimiento económico, tecnológico y defensivo.

Sin embargo, la política de mercado y consumo estadounidense mantiene bajo cierto control las verdaderas intenciones de China y Rusia, afiliadas a una misma ideología socialista.

EEUU es el mayor consumidor de productos asiáticos del mundo y por ende también juega con esa ventaja.

Si tal vez la pandemia fue un arma intencional para incidir en un “Nuevo Orden Mundial”, la actual incertidumbre y efectos de desastre también le han tocado a China y a Rusia junto al resto del mundo.

Quizás a largo plazo, saldrían ellos más perjudicados porque Washington ratificó –una vez más- que las ideologías no cambian, solo se adaptan a la evolución natural de los procesos.

A partir de ahora, las relaciones no serían iguales a las que vimos antes de la pandemia.

Y los aliados de Norteamérica comparten también esa percepción.

lmorales@diariolasamericas.com

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¿Sabías que todo lo que está pasando ya estaba escrito?

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Los principios fundacionales del Nuevo Orden Mundial, su programa conspirativo, hay que buscarlo en una corriente de sociedades secretas cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, hasta el punto de que se puede afirmar con rotundidad que el NOM es una creación del mundo iniciático, gran parte del cual es de claro trasfondo luciferino.

En efecto, en la gigantesca batalla entre la luz y las tinieblas que se desarrolla casi desde el big-bang, los ejércitos del Mal se han valido ―como de un arma de destrucción masiva― de una amplia panoplia de movimientos culturales, filosóficos y políticos creados por las sectas iniciáticas luciferinas, las cuales constituyen el «Estado Mayor» del NOM, una Hydra de múltiples cabezas continuamente regenerándose, que adoptan múltiples formas, pero siempre con el mismo trasfondo conspirador.

Primero fueron los magos, los hechiceros de las tribus «Sapiens», los hierofantes de misterios atesorados en susurros a los pies de las esfinges de Egipto, en los ríos de Babilonia, en los jardines escondidos de Sumeria, que dieron a luz el gnosticismo, filosofía que afirmaba que el hombre puede asaltar los cielos con la luz de su razón, sin necesidad de contar con la ayuda de ángeles, de vestales, de dioses, de gracias ni barakas.

Constituido como filosofía enemiga del cristianismo primitivo, su esencia consiste en la creencia de que el ser humano tiene autonomía para salvarse por sí mismo, mediante el conocimiento introspectivo y meditativo de la dimensión divina ―gnosis―, basado en la razón y más allá de la fe, por lo cual no precisa de ningún sacrifico crístico que le redima de sus pecados.

Concebido como mística secreta e iniciática de la perfección humana, el gnosticismo es un sistema de creencias fundamentado en el sincretismo, donde predominan las filosofías orientales. Como se ve claramente, su trasfondo es una rebelión contra Dios, nítidamente luciferina.

La corriente del gnosticismo floreció en las ideologías del arrianismo, del neoplatonismo, de los cátaros-albigenes, de los templarios, de los rosacruces, los masones, los ilustrados, los illuminati, los teosofistas…

Y en toda una pléyade de sectas ocultas, de hermandades iniciáticas que han jalonado el movimiento gnóstico desde la revolución neolítica en el Próximo Oriente: The Round Table, Skull&Bones, Ordo Templi Orientis, The Golden Dawn, Orden Rosacruz, Illuminatis, Masonería…

Muchos de los gerifaltes del NOM pertenecen a alguna sociedad secreta como las mencionadas, la mayoría de las cuales han entronizado a Lucifer como su avatar divino.

La influencia de las sociedades secretas en el devenir de la historia en forma de una monstruosa conspiración contra el ser humano, en alianza con las élites plutocráticas, ha sido estudiada por algunos autores, cuyo conjunto ha sido denominado «teoría de la conjura».

Entre ellos destaca William Guy Carr, el iniciador de las teorías conspirativas, que desarrolló desde un prisma cristiano.

Según este investigador, existe una conjura judía-bancaria al servicio de Lucifer para construir un Gobierno Mundial, ejecutada a través del Club Bilderberg.

El título de su obra más conocida expone a las claras su pensamiento: «Peones en el juego».

Su línea investigadora va encaminada a desenmascarar una conspiración luciferina orquestada por la «Sinagoga de Satanás» ―la cual, sin embargo, no hay que entenderla como una referencia al judaísmo―, cuyo objetivo es diseñar y ejecutar un «movimiento revolucionario mundial».

La originalidad de William Carr radica en el hecho de que no hace arrancar esta conspiración desde la Revolución Francesa, ya que pone su origen en los mismos tiempos de Jesucristo —hoy existe una línea de opinión que hace remontar el origen de la «Sinagoga de Satanás» al mismo Herodes Antipas—.

Otra aportación fundamental suya fue el poner a la luz que la estrategia de esta conjura consistía en el desencadenamiento programado de tres Guerras Mundiales, cuya planificación atribuye al iniciado Albert Pike (1809-1891), quien reveló este plan en una famosa carta dirigida a Giuseppe Mazzini, en la cual vaticinaba que, a partir del año 1900, se desarrollarían dos guerras mundiales que cambiarían el mundo: la primera para acabar con el zarismo ruso, y la segunda para terminar con el nazismo alemán.

En cuanto a la Tercera Guerra Mundial, afirmó que tendría lugar entre el sionismo político y los musulmanes, y acabaría con el cristianismo.

El pensamiento de Carr creó una verdadera escuela, que dio a luz a un nutrido grupo de autores, entre los que destaca Jan Udo Holey ―que escribe con el seudónimo de Jan van Helsing―, autor de 5 libros de autoedición, prohibidos en Suiza y Alemania, donde afirma que desde la más remota Antigüedad la sociedad y la historia están dominadas por logias y sociedades secretas, que han diseñado una conjura para establecer un Nuevo Orden Mundial.

En su obra «Las Sociedades Secretas y su poder en el siglo XX: Un hilo conductor a través del entramado de las logias, de las altas finanzas y de la política.

Comisión Trilateral, Bilderberger, CFR y ONU» (Ewerverlag, Gran Canaria, 1998), afirma en la p. 221: «He llegado pues, a la conclusión de que todo lo que ha sucedido hasta hoy, en política o economía, se ha desarrollado exactamente tal y como los Illuminati deseaban.

Sólo quiénes están al corriente de los hechos tienen la capacidad de hacer las correlaciones.

Un ateo o un materialista no podrán comprender jamás el modo de pensar de un ocultista ni los motivos que le llevan a actuar.

Distingamos a los ocultistas que trabajan con fines positivos, también denominados espiritualistas, de aquéllos que buscan finalidades negativas: los primeros utilizan sus conocimientos de las leyes espirituales para una mejor comprensión de la vida, para ayudar a sus semejantes y a sí mismos; en cuanto a los otros, emplean esos conocimientos exclusivamente para sí mismos, para satisfacer los deseos de su ego.

El resultado para nuestro planeta es que los mayores ocultistas en busca de finalidades negativas, la élite y todas las logias correspondientes, ocupan casi todos los puestos clave en la alta dirección financiera, política, económica, religiosa y científica.

Se sirven además de su saber ancestral satánico para realizar sus planes.

Y nosotros somos más de siete mil millones de seres humanos viviendo a su lado, voluntariamente mantenidos en la ignorancia, sin contar a aquellos de entre nosotros que sólo tienen fe en la ciencia.

Hablamos un lenguaje completamente diferente de ellos, y vivimos nuestra vida sin la menor premonición de lo que en realidad ocurre».

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¿Sabías que todo lo que está pasando ya estaba escrito?

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Para conseguir sus fines conspirativos, las élites plutocráticas que conjuran por el NOM han creado una vasta red de organismos, asociaciones, fundaciones, ONGs y think tanks, que conforman una constelación de instituciones, una gigantesca telaraña de poder cuyo objetivo es regir firmemente y subliminalmente la política del sistema mundo hacia el objetivo final de instaurar el Gobierno Mundial.

El propósito de esta vasta conspiración puede explicarse con estas palabras de uno de sus más eximios representantes: «Algunos creen que nosotros (la familia Rockefeller) formamos parte de una cábala secreta trabajando contra los mejores intereses de los EE.UU, caracterizando a mi familia y a mí como internacionalistas y conspirando con otros alrededor de la tierra para construir una política global más integrada, así como una estructura económica ―un solo mundo si queréis―.

Si ésta es la acusación, yo soy culpable y orgulloso de serlo». (David Rockefeller, Memorias, p. 405).

La mayoría de estos organismos transnacionales se encuentran bajo las órdenes de un reducido número de jerarcas que ocupan la cúspide de la pirámide del poder mundial, de los cuales un número significativo pertenecen a 13 familias, que, en su opinión, tienen derecho a gobernar sobre el resto de nosotros, ya que son los descendientes directos de los antiguos dioses, por lo cual se consideran de linaje real.

Estas 13 familias son:

1) Astor
2) Bundy
3) Collins
4) DuPont
5) Freeman
6) Kennedy
7) Li
8) Onassis
9) Reynolds
10) Rockefeller

Al frente de ellas se encuentra el linaje de los Rothschild, la familia más poderosa del mundo, propietaria de la mayoría de los Bancos Centrales de todo el mundo, seguida de los Rockefeller.

Entre estos organismos destacan por su especial relevancia y preponderancia tres: El Council on Foreign Relations ―«Consejo de Relaciones Exteriores»―, la Comisión Trilateral, y el club Bilderberg.

Su trascendencia proviene del hecho de que son quienes dictan las estrategias y los principios a seguir por el conjunto de las corporaciones y gobiernos que sirven al NOM.

El Council on Foreign Relations es una de las principales organizaciones que laboran por el establecimiento de un Gobierno Mundial. Fundado en Estados Unidos en 1921, entre sus miembros figuran políticos de alto rango, directores de la CIA, representantes de los principales medios de comunicación, banqueros, líderes empresariales, etc. Su labor se orienta a la promoción de la globalización, el libre comercio, el establecimiento de bloques comerciales transnacionales ―como el NAFTA o la Unión Europea―, y la reducción de los controles financieros sobre las corporaciones multinacionales.

El CFR dirige el Programa de Estudios David Rockefeller. Dirige el Departamento de Estado de Estados Unidos, elaborando su política exterior. Financiado por 200 multinacionales, cuenta en sus filas con unos 4200 miembros cooptados, entre los que se eligen gran parte de los dirigentes gubernamentales.

El CFR recibe fondos millonarios del ultramegaepeculador judeo-húngaro George Soros ―en 2013 percibió 8 millones de dólares, en 2014 3,5 millones, y más de 3 millones en 2016―.

En 1972, durante una reunión del club Bilderberg, se fundó la Comisión Trilateral, a la que pertenecen relevantes personalidades de la economía y la política de las tres principales áreas del capitalismo mundial: Norteamérica, Europa y Asia-Pacífico.

Íntimamente vinculada a Bilderberg y a la CFR, su objetivo estratégico es concentrar la riqueza mundial en manos de una jerarquía burocrática, para desde allí ejercer el control mundial, estableciendo metas políticas públicas que sean aplicadas por los gobiernos de todo el mundo.

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