Magia Africana Africa Brujos
ESOTERICA / by Cid / 5h

LA MAGIA AFRICANA
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En este artículo Blavatsky nos revela algunos aspectos de la magia que se practica en África:

« Antes de entrar en el tema del arte oculto tal como se efectúa en la costa occidental de África, será conveniente aclarar primero el asunto considerando lo que queremos decir con el término de “magia” el cual ha sido muy malinterpretado

Existen muchas definiciones para esta palabra, y en épocas pasadas se usaba simplemente para designar a todo aquello que «no era comprendido por el pueblo», pero para nuestro propósito será suficiente definirlo como el conocimiento de ciertas leyes de la naturaleza que todavía son desconocidas por la gente.

Es un hecho reconocido que ninguna ley de la naturaleza puede ser abrogada, ni siquiera por un solo momento. Por lo tanto, cuando parece que ese es el caso, como por ejemplo, cuando una ley tan universalmente conocida como lo es la ley de la atracción gravitacional parece ser anulada, y que alguien se pone a flotar en la Tierra como se menciona que fue el caso de Jesús y de muchos otros santos, debemos reconocer a través de ese hecho de que puede haber otras leyes actualmente desconocidas por los científicos que permiten efectuar esa proeza.

Y el conocimiento de esas leyes ocultas es lo que nosotros entendemos con el término de ciencia oculta o magia.

Y no hay otra magia que esta, y nunca ha existido en ningún período de la historia del mundo otra magia que no se base en las leyes de la naturaleza. Todos los llamados “milagros” de la antigüedad pueden ser y son reproducidos en la actualidad por magos cuando la ocasión lo requiere. Y un verdadero acto de magia es una pura hazaña científica y no debe confundirse con la prestidigitación o el engaño de ningún tipo.

Existen varias escuelas de magia, todas operando y procediendo de tradiciones muy diversas. Las principales de ellas, y sobre las cuales todas las demás se basan, son: la hindú, la tibetana, la egipcia (incluyendo la árabe y la judía) y la africana.

Esta última en su gran mayoría es profundamente opuesta a las tres otras debido a que tiene su fundamento en la magia negra y en la nigromancia, mientras que las otras tres operan principalmente por medio de lo que los expertos conocen como «magia blanca», y en otros casos «psicologizando» al espectador.

Y se puede psicologizar a toda una multitud de espectadores y hacer que vean y sientan las cosas que elija el operador, aunque los espectadores permanezcan todo el tiempo en plena posesión de sus facultades ordinarias. Y esto es bien conocido en la India en donde los faquires itinerantes dan su actuación.

Por ejemplo, ellos ponen una pequeña carpa y les dicen a los espectadores que elijan cualquier animal que desees ver emerger de ella, y los transeúntes nombran en rotación muchos animales diferentes, y en todos los casos el animal deseado sale por la abertura de la lona y se aleja lentamente hasta desaparecer en una esquina adyacente, ya sea un perro, un oso, un tigre, etc.

Pues bien, esto se hace simplemente «psicologizando» a los espectadores, al igual que todas las otras grandes hazañas indias, como «el truco de la canasta», «el árbol de mango», «lanzar una cuerda al aire y trepar por ella, jalarla hacia arriba y desaparecer en el cielo», y las mil y otras proezas similares que son tan conocidas en el Oriente.

Pero la diferencia entre esta escuela india de magia y las escuelas de Vudú o de la Obeah que hay en África es muy grande, porque en la primera hay una ilusión, y es que lo que ve el espectador no está sucediendo realmente, sino que su mente simplemente se encuentra manipulada por el operador. Pero en cambio en la magia africana, por el contrario, el observador ve realmente lo que está sucediendo, debido a que la fuerza empleada por los nigromantes africanos no es una acción psicológica sino demonosofica (o sea que emplean “demonios”, entidades astrales, para lograrlo).

Los magos blancos con frecuencia han empleado y dominado a espíritus inferiores para cumplir sus órdenes, y también han invocado la ayuda de poderosos y benéficos seres para llevar a cabo sus propósitos. Pero en su caso, los espíritus que son por naturaleza maléficos se convierten en esclavos del mago, y él los controla y los obliga a llevar a cabo sus benéficos planes. En cambio el nigromante o devoto de la magia negra, es por el contrario, el esclavo del espíritu maligno al que se ha entregado.

Mientras que la filosofía de un mago blanco exige una vida de la mayor pureza y la práctica de todas las virtudes, mientras que él debe someter por completo y tener en perfecto control a todos sus deseos y apetitos, mentales y físicos, y debe convertirse simplemente en un virtuoso encarnado, purgado absolutamente de toda debilidad y pusilanimidad humana, En cambio el mago negro debe ultrajar y degradar su naturaleza humana en todos los sentidos concebibles.

El menor de los crímenes necesarios para que él (o ella) pueda alcanzar el poder buscado es el asesinato real, mediante el cual se proporciona la víctima humana esencial para el sacrificio. Y la mente humana apenas puede darse cuenta o incluso imaginar una décima parte de los horrores y atrocidades que realmente cometieron los hechiceros Obeah.

Sin embargo, aunque el precio a pagar es terrible, el poder es real, no hay posibilidad de error al respecto. Y en la costa oeste, todo rey mezquino tiene su «hacedor de lluvia», y aunque está de moda entre los viajeros occidentales y los misioneros ridiculizar y negar los poderes de esos individuos. Ellos realmente poseen y usan el poder de causar tormentas de lluvia, viento y relámpagos.

Y cuando uno considera que por ignorante y brutal que pueda ser un salvaje, sin embargo, tiene una inmensa cantidad de astucia natural, y su misma ignorancia le lleva a desconfiar de lo que no se le pueda probar, por lo que ningún «hacedor de lluvia» podría vivir durante un año, a menos que diera casos repetidos de sus poderes cuando el rey lo requiriera, ya que el fracaso simplemente significaría la muerte. Y la hipótesis de que sus conjuros solo funcionan cuando el clima está a punto de cambiar es solo una invención de los misioneros.

Los jefes nativos son, como muchos salvajes, capaces de detectar un cambio de clima que se aproxima muchas horas antes de que ocurra.

¿Y en esos casos mandarían a buscar al hacedor de lluvia y le darían suficiente ganado para que le dure doce meses, además de esposas y otros lujos, si hubiera la menor apariencia de que se acerca la lluvia?

Por supuesto que no.

Recuerdo bien la primera experiencia que tuve con esos magos africanos. Durante varias semanas no había llovido aunque era la temporada de lluvias. Todos los harinosos morían por falta de agua, el ganado estaba siendo sacrificado, mujeres y niños habían muerto por decenas, y los hombres empezaban a fallecer también, siendo ellos mismos poco más que esqueletos. Día tras día, el sol brillaba sobre la tierra reseca, sin una nube que se interpusiera, como un globo de cobre resplandeciente, y toda la naturaleza languidecía en ese horrible horno.

De repente, el rey ordenó que se golpeara el gran tambor de guerra y todos los guerreros se reunieron apresuradamente. Él les anunció la llegada de dos célebres hacedores de lluvia que procederían inmediatamente a aliviar la angustia reinante.

El mayor de los dos era un hombrecillo atrofiado, de piernas arqueadas, cubierto por un trapo de lana que habría sido blanca si no hubiera estado manchado con grasa, suciedad y plumas. El segundo era un buen espécimen de la raza susu, pero con una expresión muy siniestra.

Por alguna razón desconocida los guerreros en cuclillas formaron un gran círculo alrededor, todos ellos armados hasta los dientes, con el rey en el centro y los hacedores de lluvia frente a él, y entonces comenzaron sus encantamientos.

El cenit y el horizonte fueron examinados con entusiasmo de vez en cuando, pero no apareció ni un vestigio de nube. Y en ese momento el anciano rodó por el suelo con convulsiones, aparentemente epiléptico, y su compañero se puso de pie señalando con ambas manos el cielo cobrizo. Todos los ojos siguieron su gesto y miraron el lugar al que apuntaban sus manos, pero no se veía nada.

Inmóvil como una estatua de piedra, estaba de pie con la mirada clavada en el cielo, y en aproximadamente un minuto se comenzó a observar un tono más oscuro en el tinte cobrizo, y en otro minuto se volvió más y más oscuro, y unos segundos después se convirtió en una nube negra que pronto se extendió por los cielos.

Luego se vio un destello vívido, y una fuerte lluvia cayó de esa nube, que ahora se había extendido por completo, fue algo para recordar. Durante dos días y dos noches, ese torrente se derramó y pareció como si fuera a lavar todo del suelo.

Después de que el rey despidió a los hacedores de lluvia, y ellos depositaron el ganado y los regalos recibidos bajo vigilancia, yo entré en la cabaña en la que ellos se encontraban alojados y pasé la noche con ellos, discutiendo sobre su arte mágico.

La cabaña tenía unos cuatro metros de diámetro, estaba construida con postes firmemente clavados en el suelo y tenía un fuerte techo cónico de paja, y finalmente los convencí de que me mostraran unos ejemplos más de su habilidad.

Ellos comenzaron a cantar, o mejor dicho a canturrear una larga invocación, y después de unos minutos el joven pareció elevarse en el aire a unos tres pies del suelo y permanecer allí flotando.

Había una luz brillante en la cabaña provocada por un gran fogata que ardía en el centro, de modo que se podía observar con claridad el más mínimo detalle. Pero aún así me levanté para observar de más cerca al hombre más joven y no había dudas sobre su levitación.

Luego flotó cerca de la pared y la atravesó hacia el exterior. Yo corrí hacia la puerta, que estaba en el lado opuesto de la cabaña, y miré a mi alrededor, y ahí vi una figura luminosa que parecía un hombre frotado cubierto con aceite fosforecido; pero me alegré de refugiarme rápidamente de los torrentes de lluvia.

Cuando volví a entrar en la cabaña, solo estaba presente el anciano. Examiné los troncos con cuidado, pero no había ninguna abertura. El anciano prosiguió su cántico, y en otro momento su compañero reapareció flotando en el aire. Se sentó en el suelo y vi que su piel negra relucía por la lluvia y los pocos trapos que vestía estaban tan húmedos como si lo hubieran sumergido en un río.

La siguiente hazaña la realizó el anciano y consistió en varias desapariciones y reapariciones instantáneas. Y el punto curioso de esto era que el anciano también estaba empapado.

Después de esto hubo una exhibición muy interesante. Siguiendo las instrucciones del anciano, nos dispusimos alrededor del fuego en los tres puntos de un triángulo imaginario, y los brujos agitaron las manos sobre el fuego al ritmo de su canto cuando decenas de tic-polongas, que son de las serpientes más mortíferas de África, salieron lentamente de las brasas ardientes, y entrelazándose, dieron vueltas en una loca danza sobre sus colas alrededor del fuego, haciendo todo el tiempo un silbido continuo.

Y al oír la orden, todas las serpientes saltaron al fuego y desaparecieron. Entonces el joven se me acercó y arrodillándose, abrió la boca de la que rápidamente asomó la cabeza un tic-polonga. El joven se la arrebató, sacando una serpiente de casi un metro de largo de su garganta y la arrojó también al fuego. Y luego en rápida sucesión extrajo siete serpientes más de su garganta y las aventó todas también hacia el fuego.

Pero yo quería saber qué podían ellos hacer en cuanto a evocar a los espíritus, y una vez más ellos aceptaron pero esta vez el encantamiento duró casi veinte minutos, cuando levantándose lentamente del fuego, apareció una figura humana, un hombre de gran edad, un hombre blanco, pero absolutamente desnudo.

Le hice varias preguntas al hombre, pero no obtuve respuesta. Entonces me levanté y caminé alrededor del fuego, y noté particularmente una cicatriz lívida en su espalda. No pude obtener una explicación satisfactoria de quién era, pero ellos parecían bastante temerosos de él, y evidentemente por los comentarios que intercambiaron, ellos esperaban ver a un hombre negro.

Después de la aparición de este hombre blanco, no pude persuadirlos esa noche de que intentaran nada más, aunque la noche siguiente volvieron a aceptar complacerme.

Y la hazaña impresionante que realizaron fue una vieja costumbre que efectúan los sacerdotes de Baal. Ellos comenzaron a canturrear un cántico lúgubre, y lentamente comenzaron a dar vueltas alrededor del fuego (lo que indica que el fuego siempre es parte esencial de sus procedimientos) manteniendo cierto ritmo tanto en sus movimientos como en sus cadencias.

Y progresivamente el movimiento se hizo cada vez más rápido hasta que giraron como derviches danzantes. Entonces hubo dos movimientos distintos, y durante todo el tiempo que estuvieron girando alrededor del círculo, giraron rápidamente sobre sus propios ejes.

Con la rapidez de sus evoluciones, sus voces se elevaron más y más fuerte hasta que el vacarme se volvió terrible. Luego, y con un movimiento simultáneo, cada uno comenzó a cortar su cuerpo desnudo en brazos, pecho y muslos, cubriéndose de profundas heridas y con la sangre derramándose por todo su cuerpo.

Entonces el anciano detuvo su desenfrenado movimiento, y sentándose en el suelo, miró atentamente al joven con aparente solicitud. El joven continuó con sus frenéticos movimientos hasta que exhausto no pudo soportar más y cayó jadeante e indefenso al suelo.

El anciano entonces tomó los dos cuchillos y ungió las hojas con un poco de grasa maloliente de una calabaza, luego acarició todo el cuerpo del joven con la hoja que le había hecho las heridas, y terminó la operación frotándolo vigorosamente con las palmas de las manos también ungidas con ese ungüento.

A los pocos minutos el joven se levantó y no quedaba el menor rastro de herida o cicatriz en su piel de ébano. Luego realizó los mismos buenos oficios con el anciano con el mismo efecto. Diez minutos después, ambos estaban acostados en sus colchonetas en un sueño dulce y tranquilo.

Para realizar esta proeza ellos efectuaron muchas invocaciones, gestos, el fuego circular y otras cosas que me hicieron convencer que una parte, en todo caso, de los procesos mágicos de África occidental se había transmitido desde los días en que Baal era un Dios real, y poderoso en esa tierra. »

(Revista Lucifer, noviembre de 1890, p.231-234)

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